
A las afueras de
Johannesburgo se puede visitar China sin subir al avión. Una calle, por lo menos. En la arteria principal del barrio de Burma, frente a los restaurantes asiáticos, vendedores ambulantes comercian con ranas, pescado seco o verduras en polvo. No hay rastro de negros y, si los hay, suelen observar el género entre gestos de sorpresa o directamente de asco. Pero las diferencias gastronómicas pueden acarrear más reacciones que una mueca de aversión. Esta semana,
cuatro ciudadanos chinos fueron condenados en
Zimbabue por cargos de extrema crueldad animal por matar y comer
tortugas, un animal habitual en la cocina china. [
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